Hay momentos que uno vive sin saber que le cambiarán la vida por completa.
Por allá en el 2010, yo no tenía la menor idea de que un viaje que estaba a punto de hacer sería el inicio de un gran proyecto que comenzaría a desarrollarse diez años después. Llevaba una vida estable, con negocios, rutinas y metas claras… pero también con una inquietud silenciosa: las ganas de conocer el mundo.
Mi primer viaje internacional fue a Panamá, allí, por primera vez vi el mar, y algo dentro de mí se acomodó de otra manera, regresé con una decisión clara: seguir viajando y conociendo tanto como pudiera, al punto de prometerme hacer al menos un viaje internacional al año. Ese simple compromiso fue el verdadero comienzo de esta historia.
La montaña: donde todo tomó forma
Pasaron los años y fuimos sumando experiencias, cada viaje dejaba algo nuevo, algo que nos impulsaba a seguir. Fue ahí, en alguno de esos caminos donde surgió la idea de intentar algo completamente distinto: la alta montaña.
Lo que empezó como una simple curiosidad se convirtió con el tiempo en una pasión que me llevó más lejos de lo que imaginaba, esa pasión creció hasta el punto de llevarme a conquistar cumbres no solo en mi país sino también en países vecinos, montañas de más de 6.000 metros que me enseñaron a respetar el silencio, la naturaleza y mis propios límites.
Y como las cosas buenas de la vida se viven mejor en compañía, comencé a llevar amigos, y esos amigos llevaron a otros, sin darme cuenta, lo que empezó como un gusto personal comenzó a tomar forma de proyecto. Acompañar a otros en estos retos, verlos conquistar cumbres y superar miedos, me marcó profundamente.
Pero también empecé a ver el riesgo que implicaba nunca tuve incidentes con mis grupos, pero sí vi situaciones cercanas que me hicieron reflexionar, aunque me preparaba más cada día y aprendía técnicas de rescate, sentía que no era suficiente. Lo que para mí había sido un hobby podía en cualquier momento volverse un tema mucho más complejo.
Fue justo en medio de esas reflexiones cuando comencé a pensar que debía cambiar de rumbo, quería seguir cumpliendo sueños, seguir acompañando a las personas que ya había conocido (y las que vendrían después), pero de una manera que no fuera tan riesgosa ni para ellos ni para mí, y justo cuando estaba en ese proceso, en ese pensamiento constante sobre qué camino tomar llegó la pandemia.
Una pausa inesperada para nuestras vidas, un alto en el ritmo de todos, ahí en medio de ese silencio obligado… todo cambió.
Un nuevo camino en medio de la pausa
La pandemia me obligó a frenar, pero también me dio espacio para escuchar lo que venía sintiendo hacía tiempo, necesitaba transformar mi manera de guiar, quería seguir acompañando a personas a cumplir sueños, pero sin el nivel de riesgo que implicaba la montaña.
Así nació la idea de crear una agencia enfocada en ecoturismo, caminatas, paisajes y experiencias tranquilas, accesibles y llenas de vida. Al principio ni siquiera lo veía como un negocio, yo solo quería ser un puente entre destinos increíbles y las personas que tenía a mi alrededor, por eso buscaba precios económicos, negociaba lo que fuera necesario y trataba siempre de que viajar no fuera un lujo inaccesible, sino una posibilidad real para todos.
El proyecto empezó a tomar forma, pero seguía siendo algo secundario, mi empresa principal era la que me sostenía y la que de alguna manera oxigenaba las pérdidas que este nuevo sueño me generaba al comienzo. Aun así, para mí ya no se trataba de dinero: era una responsabilidad emocional, un compromiso con quienes creían en mí y con quienes empezaban a confiar.
Recuerdo esas primeras salidas, grupos tan pequeños que no podía mostrar lo que realmente soñaba para la agencia. Dos personas no representaban el espíritu de un grupo viajero. Necesitaba que las personas vieran movimiento, energía, comunidad, y ahí fue cuando amigos y familiares entraron en escena.
No los invitaba porque necesitaba llenar cupos… los invitaba porque necesitaba formar un grupo real. Un sábado cualquiera llamaba a un primo:
—Qué vas a hacer?
—Voy a ver a mi novia.
—Pues tráigala… y se viene conmigo, que tengo puestos vacíos en el bus.
Así, poco a poco ellos también se volvieron parte del inicio de este proyecto, sin darme cuenta, ayudaron a darle forma a una idea que ya empezaba a crecer, y entre pérdidas económicas, aprendizajes, risas, apoyo y rutas nuevas… la agencia comenzó a tomar vida propia.
El salto internacional: donde todo realmente comenzó
Después de formalizar la empresa y dedicarme de lleno al turismo, las personas comenzaron a pedirme algo más, ya habíamos recorrido muchos destinos nacionales, y una pregunta se repetía una y otra vez:
—Rubén, ¿qué más tienes para nosotros?
Entonces recordé mis viajes por Perú y Bolivia, ya conocía la ruta, sabía cómo moverme, tenía contactos y, sobre todo tenía la sensación interna de que podía hacerlo, pero también sabía que no sería un viaje común, iba a ser una aventura real, estilo mochilero, de imprevistos, de decisiones rápidas, de adaptación. Un viaje donde todos (incluyéndome a mí) debíamos estar dispuestos a enfrentar cualquier cosa.
Lo dije con esa claridad “esta ruta no es de lujos, es de aventura, vamos a mochilear, a probar, a sentir el país como es”, y sorprendentemente se vendió. En este viaje a diferencia de las salidas nacionales casi no iban conocidos, con una mano podía contar las personas que ya había visto antes, el resto eran completos desconocidos, lo que me puso frente a un reto enorme: guiar, manejar imprevistos, resolver tensiones, tomar decisiones difíciles, sin conocer la personalidad de nadie. Pero dije: “Puedo con esto”, y fui.
No fue un viaje perfecto, se presentaron inconvenientes, pruebas, retos que exigieron lo mejor de mí, hubo decisiones complejas, ajustes inesperados, momentos tensos… pero también hubo risas, descubrimientos, complicidad y una sensación de logro que no se puede describir.
Lo más importante es que supe manejar cada obstáculo, y ellos lo sintieron, terminaron completamente satisfechos. Pero lo mejor llegó después, esas personas que comenzaron siendo desconocidos hoy son amigos, y lo han sido durante años. Después de esa ruta, se prometieron viajar juntos al menos una vez al año, y lo han cumplido. Ese primer grupo internacional, imperfecto, retador y profundamente humano, se convirtió en una prueba viva de que todo este proyecto iba por el camino correcto. Ahí entendí sin ninguna duda, que Rutas y Aventuras tenía un futuro real.
La razón de ser
Rutas y Aventuras no nació de un plan empresarial, nació de un deseo profundo de que otras personas pudieran vivir lo que yo viví, pero sin miedos, sin confusiones, sin sentir que viajar era un privilegio para unos pocos, nació del amor por el camino, de la emoción de conocer personas nuevas, de ver cómo un grupo de desconocidos podía convertirse en familia en cuestión de días, nació para romper la idea de que viajar es costoso, difícil o inalcanzable, para demostrar que, con buena guía, con claridad, con honestidad y con una estructura bien hecha, cualquier persona puede cumplir ese sueño.
Con el tiempo entendí que no solo hablamos de destinos, hablamos de momentos, de decisiones que cambian vidas, de amistades que nacen en un aeropuerto, de historias que se cuentan durante años, si algo he aprendido en este camino es que viajar no es escapar, viajar es encontrarse, es salir al mundo para salir también de uno mismo. Cada persona que se une a nuestras rutas nos recuerda por qué hacemos lo que hacemos, porque los sueños están para cumplirse, y porque el mundo, ese mundo enorme, diverso y sorprendente siempre está listo para recibirnos cuando sugerimos ir.

Salir al mundo, salir de uno mismo: la historia real que dio vida a Rutas y Aventuras